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Historia de Chile: Biografías.

Enrique Molina Garmendia: 1871-1964

Prolífico maestro, filósofo y hombre de letras

        
Enrique Molina Garmendia: 1871-1964 FOTO: Enrique Molina Garmendia

Nació en la ciudad de La Serena el año 1871. Fue hijo del escribano Telésforo Molina y de Mercedes Garmendia, quien falleció cuando el futuro maestro tenía solo 4 años de edad.

La iniciación escolar de Molina fue en la Escuela Pública de Niñas, período de su vida que él siempre recordó con el ojo del crítico profesor moderno: "Debo anotar que por desgracia el profesor no manifestaba ningún afecto por sus alumnos y parecía al contrario complacerse en atemorizarlos y hasta martirizarlos...".

En 1887 y gracias al apoyo paterno, viajó a Santiago con el propósito de estudiar Medicina. Sin embargo, el alto costo de los libros requeridos lo hizo desistir, e ingresó entonces a la Escuela de Derecho.

La fundación (1889) del Instituto Pedagógico, cuando él aún cursaba leyes, le presentó a Molina el camino de su verdadera vocación: la de maestro. Como él mismo lo señalaría más tarde: "En el Pedagógico aprendí a salir del marasmo en que me mantenían envuelto vicios contraídos en el liceo. Aprendí a trabajar, a estudiar y comencé a sentir el seguro resorte de una disciplina interior. Arraigó en mí la idea de que Chile necesitaba más profesores que abogados y educar se me presentó como una misión social. Fue la iniciación en la búsqueda de un sentido pleno de vida" .El 14 de marzo de 1902, mientras impartía docencia en el Liceo de Chillán, se recibió de abogado, profesión que nunca ejerció.

Se casó con Ester Barañao, con la cual tuvo un hijo.

Joven y entusiasta profesor provinciano

Tras haberse titulado de profesor de Historia y Filosofía, Enrique Molina comenzó su carrera docente en el Liceo de Chillán, impartiendo las cátedras de Historia y Geografía. Tenía la tarea de implantar la reforma educacional decretada por gobierno. En ese recinto conoció al profesor de Castellano y Francés Alejandro Venegas, con quien desarrolló una estrecha y profunda amistad.

Luego de 10 años en el Liceo de Chillán, decidió pedir su traslado a Concepción y allí permaneció durante dos años (1902).

Revolucionario maestro talquino

En 1905 fue nombrado director del Liceo de Talca, y llamó a Venegas a asumir la vicerrectoría de ese establecimiento. No fue fácil la tarea para el moderno director, en una ciudad conservadora y pacata, como era Talca esos años.

Su decidida intención de entregar a las ávidas mentes juveniles principios científicos exaltando el poder de la razón humana, le trajo la molestia de la comunidad, como el mismo maestro lo señalara: "En realidad, las cosas se complicaban, mas no hasta el grado de hacer zozobrar la nave. Contábamos con el apoyo seguro del Consejo de Instrucción Pública, lo que no obstaba a que el ambiente dentro de Talca fuera para nosotros asfixiante. Nos sentíamos allí como de guarnición en una ciudad sitiada".

Reconocimiento a su labor

Durante la dirección del Liceo de Talca, Molina publicó sus primeros trabajos: La Misión del Profesor y la Enseñanza (1907); La Filosofía Social de Lester Ward y La Ciencia y el Tradicionalismo (1909), y El Pragmatismo de William James .

Sus escritos y su desempeño lo convirtieron en el pedagogo más prestigiado de su generación. Esto le valió el reconocimiento del gobierno, que lo envió a perfeccionarse a Alemania y Francia, en 1911, y posteriormente a Estados Unidos, en 1918, en Pedagogía y en la administración y organización de universidades.

La Universidad de Concepción

En 1916, Molina se hizo cargo de la rectoría del Liceo de Concepción. Desde ese cargo se convenció de la necesidad de ampliar los estudios, permitiendo así una salida universitaria a los jóvenes de la región, próspera económicamente y ya bastante poblada.

Su iniciativa lo llevó a presentar su proyecto al mismo Presidente de la República, Juan Luis Sanfuentes: fundar una universidad en esa ciudad. Sin embargo, no tuvo éxito inmediato.

Molina inició entonces una campaña para obtener fondos para la nueva universidad, que nacería en 1917 sin el apoyo estatal tantas veces solicitado por él y los penquistas.

La creación de la Universidad de Concepción significó un enorme adelanto para la región, cuyo sostenimiento se aseguró con la creación de las "donaciones por sorteo", que sería el principio de la Lotería de Concepción (1921).

Rector

En 1918, Enrique Molina fue enviado nuevamente a perfeccionarse a Estados Unidos. Recorrió el país de este a oeste, conociendo las universidades de California, Leland Standford Junior, Wisconsin, Chicago, North Wester, Columbia, Yale, Filadelfia, Princeton y Harvard.

Aun cuando su formación profesional era deudora de los maestros alemanes, la Universidad de Concepción nacería bajo la fuerte influencia del espíritu y método de las universidades americanas que Molina visitó.

En 1919, sus veinte años de docencia y el prestigio que le dieron sus libros y conferencias, lo llevaron a la rectoría de la Universidad de Concepción. A través de este cargo le dio el espíritu a la institución, cuyos lemas serían: "Por el desarrollo libre del espíritu" y "Sin verdad y esfuerzo no hay progreso".

Pedagogo y filósofo

En su extensa carrera docente, Enrique Molina produjo un sinnúmero de artículos, libros y estudios, centrados en temáticas filosóficas, pedagógicas y sociológicas, así como también en el resultado de sus observaciones en los viajes. Entre ellos están Educación Contemporánea, Por las Dos Américas, De California a Harvard y Peregrinaje de un Universitario.

Su obra filosófica -que lo convertiría en el más prestigiado filósofo americano de su tiempo- comprende textos como Filosofía Americana, Las Democracias Americanas y sus Deberes, Proyecciones de la Intuición, y Nietzsche Dionisíaco y Asceta.

Liberal y demócrata

La obra teórica de Molina fue esencialmente liberal y democrática. Conciente de su misión orientadora, en uno de sus discursos como rector, dijo: "Inspirémonos en el bien social, en la justicia y en la innegable solidaridad que nos liga a los demás hombres y ante todo a la nación en que viéramos la luz. No cumpliría mi misión si fuera de infundir virtud, de adiestrar los músculos e ilustrar el criterio de la juventud, quisiera encerrar sus ideas para todo el porvenir en un marco de hierro haciéndolas gemir y marchitarse bajo principios que no acepte el convencimiento. ¡Ah, no! Hay que ser libres para ser buenos por virtud propia. Y si mañana, obedeciendo a esta libertad, vosotros jóvenes pensáis de una manera distinta a la mía, siempre seréis mis discípulos y mis amigos porque la idea contraria no ha obedecido a fines cobardes y menguados sino que ha obrado espontáneamente y madura como el mejor fruto del alma".

Ministro de Educación Pública

Molina fue llamado por el Presidente Gabriel González Videla en 1947 para hacerse cargo de la cartera del Ministerio de Educación Pública. Aceptó con mucho entusiasmo tal designación.

Sin embargo, muy pronto debió enfrentarse no solo a las limitaciones económicas de un presupuesto ineficiente, sino también a la crítica de su filosofía tildada de individualista y atea. A estas acusaciones con interés político, el maestro Molina hizo su debido descargo.

Para Molina el lema del Estado docente no pasaba de ser "un verbal saludo a la bandera", ya que el gobierno no entregaba fondos suficientes a la educación. Eso movió al maestro a realizar una acción benéfica de orden persona, solucionando -dentro de sus capacidades- los problemas no solo económicos de los profesores, sino también familiares.

Molina fue uno de los pocos chilenos que recibió una importante número de honores en vida, tales como rector vitalicio de la Universidad de Concepción, y profesor honoris causa de la Universidad de Chile. El prolífico maestro falleció el 6 de marzo de 1964 .
Fuente: Cristián Guerrero Lira, Fernando Ramírez Morales e Isabel Torres Dujisin.


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