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Historia de Chile: La Guerra del Pacífico.

Documento 17

        
Un país que apenas a los cien años de vida está viejo y carcomido, lleno
de tumores y de supuraciones de cáncer como un pueblo que hubiera vivido dos mil años y se hubiera desangrado en heroísmos y conquistas.

Todos los inconvenientes de un pasado glorioso pero sin la gloria. No hay derecho para llegar a la decadencia sin haber tenido apogeo.

[. . .] El sesenta por ciento de la raza, sifilítica. El noventa, heredo alcohólicos (son datos precisos); el resto insulsos y miserables a fuerza de vivir entre la estupidez y las miserias. Sin entusiasmo, sin fe, sin esperanzas. Un pueblo, de envidiosos, sordos y pálidos calumniadores, un pueblo que resume todo su anhelo de superación en cortar las alas a los que quieren elevarse y pasar una plancha de lavandera sobre el espíritu de todo aquel que desnivela el medio estrecho y embrutecido [...].

¿Y el mérito, en donde está el mérito? El pueblo pasa soñoliento y lánguido, arrastrando su cuerpo como un saco de pestes, su cuerpo gastado por la mala alimentación y carcomido de miserias y entre tanto la sombra de Francisco Bilbao llora de vergüenza en un rincón. ¿Qué hombre ha sabido sintetizar el alma nacional?

¡Pobre país; hermosa rapiña para los fuertes!

Y así vienen, así se dejan caer sobre nosotros; las inmensas riquezas de nuestro suelo son disputadas a pedazos por las casas extranjeras y ellos viendo la indolencia y la imbecilidad troglodita de los pobladores del país, se sienten amos y les tratan como .a lacayos, cuando no como a bestias. Ellos fijan los precios de nuestros productos, ellos fijan los precios de nuestra materia prima al salir del país y luego nos fijan los precios de esa misma materia prima al volver al país elaborada. Y como si esto fuera poco, ellos fijan el valor cotidiano de nuestra moneda [...].

Nuestra justicia es un absceso putrefacto que empasta el aire el aire y hace la atmósfera irrespirable. Dura o inflexible para los de abajo, blanda y sonriente para los de arriba. Nuestra justicia está podrida y hay que barrerla en masa. Judas sentado en el tribunal después de la crucifixión, acariciando en su bolsillo las treinta monedas de su infamia, mientras interroga a un ladrón de gallinas

En Chile necesitamos un alma, necesitamos un hombre en cuya garganta vengan a condensarse los clamores de tres millones y medio de hombres, en cuyo brazo vengan a condensarse las energías de todo un pueblo y cuyo corazón tome desde Tacna hasta el cabo de Hornos el ritmo de todos los corazones del país.

Y que este hombre sepa defendernos del extranjero y de nosotros mismos.

Tenemos fama de imperialistas y todo el mundo nos mete el dedo en la boca hasta la campanilla. Nos quitan la Patagonia, la puna de Atacama, firmamos el Tratado de Ancón, el más idiota de los tratados, y nos llaman imperialistas.

Advirtiendo de pasada que hubo un ministro de Chile en Argentina, el ministro Lastarria, que tuvo arreglado el asunto de la Patagonia, dejando a la Argentina como límite sur el río Negro, y este ministro fue retirado de su puesto por antipatriota. Tal ha sido siempre la visión de nuestros gobernantes. Los huasos macucos tan maliciosos y tan diablos y sobre todo tan boquiabiertos.

Necesitarnos lo que nunca hemos tenido, un alma. Basta repasar nuestra historia.
Necesitamos un alma y un ariete, diré, parafraseando al poeta ibero.
Un ariete para destruir y un alma para construir.

El descontento era tan grande, la corrupción tan general, que dos revoluciones militares estallaron al fin: la del 5 de septiembre de 1924 y la de 23 de enero de 1925.

La primera giraba a todos los vientos como veleta loca, para caer luego en el mismo desorden y el misma corrupción que atacara en el Gobierno derrocado, echando sobre las espaldas de un solo hombre culpas que eran de todos; pero más que nadie, de aquellos que, en vez de ayudarle, amontonaban los obstáculos en su camino.
La segunda hecha por un grupo de verdaderos idealistas, se diría que empieza a desflecarse y a perder sus rumbos iniciales al solo contacto de la eterna lepra del país, los políticos viejos.

¿Hasta cuando tendrán la ingenuidad de creer que esa gente va a emprender y cambiar de un solo golpe sus manías del pasado, arraigadas hasta el fondo de sus entrañas, como quien se cambia un paleto? [...].

Y [quienes] no contentos con tener las manos en el bolsillo de la Nación, no han faltado gobernantes que emplearan a costillas del Fisco a más de alguna de sus conquistas amorosas, pagando con dinero del país sus ratos de placer. ¿Y éstos son los que se atreven a hablar de patriotismo? Roban, corrompen las administraciones y, como si esto fuera poco, convierten al Estado en un cabrón de casa pública [...].

Entre la vieja y la nueva generación, la lucha va a empeñarse cuartel. Entre los hombres de ayer ] sin más ideales que el vientre y el bolsillo, y la juventud que se levanta pidiendo a gritos un Chile nuevo y grande, no hay tregua posible.
Que los viejos se vayan a sus casas, no quieran que un día los jóvenes los echen al cementerio.

Todo lo grande que se haya í. hecho en América y sobre todo en Chile, lo han hecho los jóvenes. Así es que pueden reírse de la juventud. Bolívar actuó a los 29 años. Carrera, a los 22; O´Higgins, a los 34, y portales, a los 36.

Que se vayan los viejos y que venga la juventud limpia y fuerte, con los ojos iluminados de entusiasmo y de esperanza.´


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