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Historia de Chile: La Guerra del Pacífico.

Las diferencias sociales

        
No solamente las ciudades crecían y se modernizaban. Los altos grupos sociales también lo hacían. Los empresarios, banqueros y mineros extranjeros que realizaban negocios en el país se asimilaron a los terratenientes chilenos, surgiendo así la oligarquía plutocrática, que habitaba en ricas mansiones de estilo europeo, sobre todo francés.

Francisco Undurraga describió del siguiente modo una de ellas: ´El vestíbulo va con muebles de maple. Le sigue la sala celeste cubierta de gobelí-no. Está a continuación el gran salón con los techos rameados de oro y sus pisos cubiertos con tapices de Smyrna, viene luego la galería de pinturas donde cuelgan telas de Fragonard y Muritto, haciendo contraste con las de Corot. Se suceden después los salones de Luis XV y Luis XVI. Por fin, al fondo, se abre el gran comedor, cuyo amoblado es copia fiel del comedor de Francisco Guillermo de Prusia´.

Sin embargo, entre los trabajadores la situación era muy distinta. Hacia principios del siglo XX, la gran concentración de obreros en las oficinas salitreras y en los centros urbanos, en especial en Santiago, ciudad que carecía de la infraestructura necesaria para recibir el flujo de inmigrantes que llegaba desde los campos, provocó la aparición de una serie de problemas, tales como carencia de viviendas dignas; propagación de diversas enfermedades, que se sumaron a las desmedradas condiciones de vida imperantes en los centros laborales mineros. Ellos constituyen la llamada cuestión social, que provocó graves conflictos y huelgas a partir de comienzos de ese siglo.

En tal escenario, la oligarquía gobernante se aprestó a celebrar -con gran pompa y ceremonial- el centenario de la independencia, desconociendo la difícil situación que afectaba a las nacientes capas medias y al proletariado.

Las condiciones de las viviendas ocupadas por las clases populares en Santiago eran bastante precarias. Las había de tres tipos: los cuartos redondos, habitaciones sin iluminación y ventilación, que a menudo provocaban la muerte por asfixia de sus moradores; los ranchos, construidos de adobe y con techo de paja, y los conventillos, conjunto de piezas alineadas a lo largo de una calle interior o pasaje que al mismo tiempo servía de patio y espacio común. En ellos las condiciones sanitarias eran bastante malas, pues los servicios higiénicos eran precarios o nulos, al igual que las fuentes de agua potable. La evacuación de aguas servidas se hacía por medio de acequias que atravesaban los patios, constituyéndose, además, en vertederos de toda clase de basuras. Se ha calculado que en 1912 en Santiago existían alrededor de 1.500 conventillos, en los que vivían 75 mil personas, repartidas en un total de 26.972 piezas.

El ambiente en que se desenvolvía la mayoría de la población era propicio para la propagación de todo tipo de enfermedades. En forma periódica hacían su aparición epidemias de peste bubónica, cólera, viruela, tifus exantemático, difteria, neumonía, tuberculosis y dolencias intestinales, que afectaban sobre todo a los niños. A ellas se agregaban las de transmisión sexual -en especial la sífilis- y el alcoholismo. En esta época, la tasa de mortalidad infantil ascendía a alrededor del 30 por ciento.

Las condiciones laborales contribuían a agravar los problemas. En general, la jornada de trabajo era prolongada, pudiendo llegar hasta 14 horas diarias. No existía estabilidad laboral, por cuanto la permanencia en el trabajo dependía de la voluntad del empleador. La mayor parte de los asalariados carecía de un contrato. En la mayoría de los casos tampoco existían sistemas de previsión social.

Según el Censo de 1907, la población activa del país estaba conformada por un millón 200 mil personas. De ellas, 940 mil eran obreros; 300 mil trabajadores urbanos; 240 mil gañanes; 220 mil obreros agrícolas; 40 mil personas laborando en la minería, y 140 mil estaban ligadas a las actividades comerciales.

La mayoría de los trabajadores del centro y sur del país que migraban hacia las oficinas salitreras -como se denominaba a los yacimientos- lo hacía con la esperanza de permanecer en ellas durante un tiempo y, tras reunir algún dinero, retornar a su lugar de origen.

Las características de las viviendas en los campamentos salitreros no diferían en mucho de las que los obreros ocupaban en la capital. Se trataba de pequeñas casas, con dos o tres piezas, construidas de material ligero -por lo común calamina- que no aislaba de las variaciones extremas de temperatura entre el día y la noche.

La higiene también era precaria y la asistencia médica insuficiente: en Iquique había 18 médicos para atender a una población que, incluyendo a los obreros de las oficinas y sus familias, ascendía a unas 65 mil personas. La jornada de trabajo oscilaba entre 12 y 14 horas diarias, sin descansar los días domingos. Por último, los salarios se cancelaban en fichas, que solo tenían valor en la pulpería o almacén de la misma oficina.


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