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Historia de Chile: La Guerra del Pacífico.

El parlamentarismo

        
Un verdadero sistema parlamentario se caracteriza por la existencia de pocos partidos políticos -por lo general dos- que se alternan en el ejercicio del poder de acuerdo con el resultado de las elecciones parlamentarias. Existe un jefe de gabinete o primer ministro que encabeza el gobierno.

Por su parte, los ministros de Estado están sujetos a la constante vigilancia ejercida por los parlamentarios a través del sistema de la interpelación. Peculiaridad propia de esta forma de gobierno es la clausura del debate, mecanismo que permite poner fin a la discusión de un proyecto de ley, para evitar que las minorías obstruyan la labor del gobierno. A través de la disolución de la Cámara Baja, atribución del primer ministro, se pueden anticipar las elecciones parlamentarias, y dependiendo del resultado de estas, formarse una mayoría absoluta favorable al gobierno. En caso contrario, el líder del partido opositor pasa a desempeñar aquel cargo.

En estricto sentido, el sistema que imperó en Chile no fue parlamentario. Nunca se estableció de manera formal en la Constitución el cargo de jefe de gobierno o primer ministro. Tampoco la disolución de la Cámara Baja -o de Diputados- ni la clausura del debate. Lo mismo ocurrió con las interpelaciones.

Sin embargo, el predominio del Parlamento no tuvo contrapeso en la práctica política cotidiana. La figura del Presidente de la República -otrora poderoso gestor de iniciativas de todo tipo- quedó, en los hechos, reducida a la de un arbitro conciliador entre los partidos políticos, garantizando la estabilidad del sistema. Por ello, la mayoría de los candidatos a la presidencia expresaba que su interés era ´no ser amenaza para nadie´.

El parlamentarismo chileno fue, en este sentido, más bien una práctica política que dio vida a un sistema único, pues nunca se estableció formalmente a través de reformas a la Constitución de 1833.

Existían varios partidos políticos: conservadores, liberales, liberales doctrinarios, nacionales, radicales, y otros grupos derivados del tronco libera], como el Liberal Democrático o balmacedista, creado en 1893.

Ninguno de ellos tenía la fuerza electoral suficiente como para imponerse sobre los demás en las elecciones, por lo que se hizo necesaria la formación de agrupaciones o combinaciones, como la Alianza Liberal, la Coalición y la Unión Nacional. La primera se centraba en el Partido Liberal, la segunda en el Conservador y la tercera reunía a nacionales y radicales. En torno a ellos giraban los otros partidos, conformándose mayorías ocasionales y transitorias.

La Alianza Liberal llevó a la presidencia a Germán Riesco (1901-1906) y a Arturo Alessandri (1920-1925); por su parte, la Coalición conformada por conservadores, liberales y nacionales lo hicieron con Federico Errázuriz Echaurren (1896-1901) y Juan Luis Sanfuentes (1915-1920). La Unión Nacional (formada por nacionales, radicales y grupos de liberales y conservadores) a Pedro Montt -presidente que gobernó entre 1906 y 1910, sin alcanzar a terminar su período, pues enfermo de gravedad debió viajar a Alemania para someterse a tratamiento médico, falleciendo allí.

Los otros dos presidentes del período, Jorge Montt (1891-1896) y Ramón Barros Luco (1910-1915), no tuvieron oposición.

Para asentar su predominio sobre el Ejecutivo, el Congreso utilizaba varios mecanismos. A los que ya se habían empleado durante el período anterior -es decir, el retraso en la discusión y votación de los proyectos de las leyes periódicas, en especial la que aprobaba el presupuesto general de la nación, vital para el normal funcionamiento del país, y el voto de confianza, necesario para que un gabinete pudiera iniciar sus funciones- se agregó el de la interpelación, un verdadero interrogatorio a un ministro determinado, a través de la cual podía controlarse la gestión realizada por la totalidad del gabinete o por uno de sus integrantes en particular.

Como consecuencia de las diferencias entre las mayorías parlamentarias y los gabinetes, y como resultado del uso de los mecanismos con que el Congreso controlaba la gestión del gobierno, se produjo la rotativa ministerial; es decir, una constante y reiterada alteración en la composición de los gabinetes.

El presidente Jorge Montt contó con ocho ministerios distintos. Esta cifra resulta relativamente baja si consideramos que Pedro Montt tuvo 11, Errázuriz Echaurren 12, Barros Luco 15, Germán Riesco Juan Luis Sanfuentes 17 y Arturo Alessandri -hasta 1924-, un total de 18. En resumen, entre 1891 y 1924, es decir, 33 años, 530 personas ocuparon un cargo ministerial y se produjeron 121 cambios totales o parciales en la composición de los gabinetes.

La prensa incluso ironizaba con esta situación. El Mercurio de Santiago, en una de sus ediciones de junio de 1908, felicitó al entonces ministro de Relaciones Exteriores, Federico Puga, por haber cumplido un año en su cargo. El editorial en cuestión decía en parte: ´Durar un año en un ministerio en Chile es como vivir un siglo, como permanecer parado en un pie tres días y tres noches, Federico Puga, como pasar quince días sin comer, como ganar una carrera de resistencia a pie y al trote a Valdivia, llevando a cuestas un saco de trigo´.

En las condiciones descritas, resultaba imposible que la actividad de los gobiernos se caracterizara por grandes realizaciones económicas, sociales o políticas. La riqueza proporcionada por la industria salitrera dio al país una gran estabilidad económica, y como no había discusión en torno al régimen de gobierno, se produjo una verdadera inactividad política.

Los conflictos entre los partidos casi no existían y se limitaban a ciertas
materias de educación -El Estado Docente propiciado por los radicales- y algunos temas religiosos en que chocaban estos últimos con los conservadores.

Se ha atribuido al presidente Barros Luco la expresión que consignaba la existencia de dos tipos de problemas: los que no tenían solución y los que se resolvían por sí mismos. Este dicho explica, en gran parte, el espíritu político de la época.

Excepciones a lo anterior fueron la Ley de Comuna Autónoma (1891), impulsada por el conservador Manuel José Irarrázaval, que independizó la administración comunal del Poder Ejecutivo; la creación del Consejo de Defensa Fiscal durante la administración de Jorge Montt; la promulgación del Código de Procedimiento Civil (1902) y del Código de Procedimiento Penal (1906).

En el Parlamento chileno, otrora conocido por la probidad de sus integrantes, aparecieron algunos signos que no dejaron de preocupar a ciertos observadores, inquietos por la pérdida del prestigio de la institución.

Un periodista de El Ferrocarril, de Santiago, describió, en 1907, una sesión de la Cámara de Diputados en la que figuran ciertos ´honorables´ durmiendo durante el desarrollo de la reunión, otros solicitando a los oficiales de la sala bebidas alcohólicas y algunos que llegaban ebrios a la asamblea. ´Nadie oye a nadie -agrega el cronista-. A intervalos salen unos en dirección del comedor, y en la sala de sesiones se sienten los estampidos de los corchos de las botellas de champaña. Parece, por momentos, que hubiera un fuego graneado´.

No todos los parlamentarios se comportaban de esa manera, pero quienes lo hacían dejaban una huella difícil de borrar, tal como la que imprimieron aquellos que se acusaban entre sí de inmoralidad, pero que, al mismo tiempo, impedían cualquier investigación.´


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