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Historia de Chile: La Guerra del Pacífico.

El americanismo chileno y la guerra naval contra españa

        
Una vez terminada la guerra contra la Confederación, el país se abocó a solucionar otro serio problema de relaciones internacionales que le afectaba: el no contar con un adecuado reconocimiento y respaldo externo. Esto, a pesar de haber alcanzado una estabilidad política e institucional que constituía un ejemplo para la mayoría de las convulsionadas ex colonias españolas. Portugal había reconocido la independencia en 1821, Estados Unidos en 1823, Francia en 1830, Inglaterra en 1831 y la Santa Sede en 1840.

España solo reconoció en 1844 la independencia de Chile de manera oficial. Ello, a través de un solemne tratado de paz entre ambas naciones. Así, la madre patria se sumó a las naciones que habían acogido a este país como un nuevo Estado. Como parte de su política exterior, Chile adhirió e hizo presente su profundo sentido americanista. Ello se reflejó en muchas oportunidades, cuando -en pos de objetivos regionales- postergó su propia conveniencia, con el afán de contribuir a un sano espíritu de fraternidad. Por desgracia, esto le valió más de un desengaño, ya que se vio atacado por la comunidad internacional o por países hermanos, como se observaría años más tarde en los conflictos que desembocaron en la Guerra con España (1865-1866) y la Guerra del Pacífico (1879-1884).

Asimismo, Chile no se abstuvo de mirar con preocupación la franca política de expansionismo territorial de los Estados Unidos y su abierta intervención en los asuntos internos de las nacientes repúblicas, como ocurrió en forma sistemática en la región de Centroamérica y el Caribe. Aunque existió un intenso trabajo de la Cancillería, al finalizar la década del 60 Chile solo mantenía relaciones diplomáticas formales -a nivel de embajadores- con el reino de Bélgica y los Estados Unidos. En el resto de las comunidades, su representación estaba en manos de cónsules honorarios, vale decir, extranjeros que ejercían tal cargo en sus países de origen. Con la Santa Sede, el principal punto de conflicto estuvo en el ejercicio del derecho de patronato, que el gobierno ejercía como herencia de la administración colonial española. Esto era rechazado por el Vaticano, dando origen a frecuentes roces y malestar por parte del papado. Por último, las dificultades para delimitar las fronteras con los países vecinos fueron una constante que se reiteraría durante el siglo XIX y gran parte del XX.

En 1861, al llegar al gobierno José Joaquín Pérez Mascayano, las relaciones económicas y diplomáticas exteriores de Chile estaban en buen nivel y nada hacía presagiar un conflicto internacional. Por el contrario, existía amistad y buena voluntad con los países vecinos, inspirada por un marcado espíritu americanista y de defensa de la soberanía e independencia.

En 1862, el gobierno español -que aún no reconocía la independencia del Perú- decidió reivindicar el cobro de deudas entre el antiguo virreinato y la metrópoli, pendientes desde la época colonial.

Para ello, una flota de la armada española al mando del almirante Luis Hernández Pinzón se hizo presente frente a las costas peruanas. Antes de arribar al Perú, estas naves habían recalado en Valparaíso, donde fueron bien recibidas y sus oficiales entablado cordiales contactos con la sociedad porteña. A través de su delegado -Eusebio Salazar y Mazarredo- se exigió al gobierno peruano el pago de las deudas aludidas. Las autoridades limeñas se negaron a tratar con él, pues venía como comisario regio (es decir, representando a la Corona ante una colonia), y exigieron la presencia de un ministro plenipotenciario, como lo demandaba su condición de país independiente.

Ante ello, la flota de Hernández ocupó las islas Chinchas, ubicadas frente a Callao. En ellas se hallaban riquísimas guaneras de aves marinas, cuya exportación como abono proporcionaba al Perú la mayor parte de sus recursos económicos. La respuesta peruana no se hizo esperar y en 1864 declaró la guerra a España.

Chile manifestó su enérgica protesta y rechazo ante la acción hispana en contra del país vecino, que consideraba una intromisión inadmisible en la América independiente.

En forma paralela, Perú convocó (en 1864) a un Congreso de Delegados, Americanos, al cual invitó a Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia, Venezuela, Argentina y Guatemala, a fin de tratar la crisis.

Se establecieron contactos con el almirante Hernández -y luego con su sucesor, el almirante José Manuel Pareja- aconsejándole devolver las islas y buscar una solución pacífica al asunto. Si bien la propuesta fue rechazada por los jefes navales españoles, Perú y España suscribieron un acuerdo bilateral, en apariencia satisfactorio para ambas partes.

El almirante Pareja, hijo del brigadier Antonio Pareja, quien lucho contra los revolucionarios independentistas chilenos, manifestó su profundo malestar por la actitud solidaria de Chile con Perú, por lo que exigió al gobierno chileno ofrecer excusas satisfactorias ante las graves ofensas infligidas a España y a su reina, Isabel II. Todo ello, a través de un ultimátum entregado e] 18 de septiembre en Valparaíso. En el documento incluso se especificaba que, como desagravio, debía rendirse honores al pabellón de España con una salva de 21 cañonazos. El Congreso Nacional autorizó al presidente Pérez a declarar la guerra a España (25 de septiembre de 1865).

La flota española se desplegó y bloqueó con sus barcos los puertos ubicados entre Caldera y Talcahuano. El jefe naval chileno, Juan Williams Rebolledo, comandante de la corbeta Esmeralda, aprovechó esta oportunidad para capturar la goleta española Covadonga en el combate naval de Papudo, el 26 de noviembre de 1865. Herido en su honor por esta derrota, el almirante Pareja se suicidó de un tiro. Lo reemplazó Casto Méndez Núñez.

Chile consiguió el apoyo de Perú, Bolivia y Ecuador, lo que dejó a las naves españolas sin bases de apoyo entre el puerto de Guayaquil y el Cabo de Hornos.

En los sucesivos combates navales de Abtao (7 de febrero de 1866) y Huito (2 de marzo de 1866) nohubo triunfos para la flota peninsular. Ante la perspectiva de tener que abandonar esta aventura tan desafortunada sin un resultado concreto, se consideró la posibilidad de bombardear las instalaciones carboníferas de Lota o destruir el puerto de Valparaíso. Se optó por esto último, llevándolo a cabo el 31 de marzo de 1866.

Luego de la inútil y vergonzosa acción, la flota española se retiró al norte. Intentó repetir su acción contra Callao, pero experimentó serios daños y pérdidas ante la acción de las baterías costeras peruanas, que repelieron el ataque.

Para Chile, esta guerra por solidaridad solo había acarreado la destrucción de Valparaíso y de algunos barcos. Una seria recesión afectó a la marina mercante nacional y la economía en general, al dañarse gravemente el comercio exterior. El gobierno debió destinar millonarios recursos para reparar los daños en las instalaciones (muelles, bodegas, oficinas) de su principal puerto. Había sido el precio pagado por Chile por sostener su acendrado espíritu americanista. Solo en 1883 se firmó un tratado de paz definitivo entre Chile y España, que concluyó de manera formal esta guerra.


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