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Historia de Chile: La Guerra del Pacífico.

Guerra contra la confederación peruboliviana (1836-1839)

        
En 1810, el principio del Utí possidetis jure estableció que las naciones americanas recién independizadas reconocerían entre ellas las fronteras coloniales. El acuerdo no fue duradero, ya que pronto surgieron dificultades en las delimitaciones territoriales y disputas fronterizas entre las jóvenes repúblicas.

Chile debió enfrentar serios conflictos con sus vecinos, pues intereses de tipo económico, principalmente, originaron disputas en torno a las fronteras.

Las relaciones con Perú se deterioraron cuando este país no reconoció la deuda originada en la cesión de una parte del empréstito solicitado por Chile a Inglaterra, para financiar, entre otras cosas, los gastos de la expedición libertadora que lideró el general José de San Martín.

Para Chile, el servicio de esta deuda, que ascendía a más de 12 millones de pesos de la época, constituía una pesada carga, pues cada año debía cancelar fuertes amortizaciones. Cuando se acentuó la crisis económica posindependencia, la carencia de recursos imposibilitó los pagos. A esto se agregaba la competencia comercial peruana, que buscaba convertir a Callao en el primer puerto del Pacífico, desplazando de ese sitial a Valparaíso. Para ello Perú tomó diversas medidas, como gravar con impuestos las mercaderías provenientes de los almacenes francos de Valparaíso y aumentar los derechos aduaneros a las importaciones del trigo chileno.

En el plano político internacional, la imagen de Chile comenzaba a proyectarse, y el progresivo saneamiento de su economía era observado con interés por sus vecinos, en especial por el líder boliviano mariscal Andrés de Santa Cruz.

Este caudillo, descendiente de la antigua nobleza incaica, según señalaba, soñaba con reunificar los antiguos territorios del Tahuantinsuyu, o imperio incásico, repartidos -tras la independencia-entre Ecuador, Perú, Bolivia (antiguamente conocida como el Alto Perú), extremo norte de Chile y zona noroeste de Argentina.

Aprovechando la anarquía interna en Perú, Santa Cruz logró ganar adeptos y fuerza, hasta que pudo controlar a sus enemigos políticos en dicho país, Agustín Gamarra y Felipe Santiago Salaverry. Así apareció como el salvador del Perú, y el 28 de octubre de 1836 pudo proclamar la unión de ambas naciones en la Confederación Perú-boliviana, de la cual se autonombró su Gran Protector. Más adelante solo se hablará de la Confederación. De esa forma se dio el paso previo a la reconstitución del antiguo imperio inca.

Una vez en el poder, Santa Cruz comenzó a intrigar, por medio de numerosos y encubiertos colaboradores, en los países vecinos a fin de conseguir la desestabilización política interna. Su idea era aplicar un plan maestro, para lo cual eligió a Chile como su principal blanco. En esos momentos Ramón Freiré, ex director supremo de Chile, se encontraba exiliado en Perú, lo que aprovechó Santa Cruz para sus fines. Tramó un complot que contemplaba reponer a Freiré en el poder, derrocando al presidente Joaquín Prieto. Estimaba que esto le permitiría incorporar a Chile al gran Estado que soñaba. Así, financió la expedición de dos barcos -comandados por el propio ex director supremo- a la Isla Grande de Chiloé, desde donde pensaba iniciar la lucha para derrocar a Prieto.

El gobierno chileno se enteró a tiempo del intento golpista, controló la situación y apresó a Freiré, quien -tras un juicio- fue condenado a muerte por traición a la patria, pena conmutada por la de destierro a Sydney, Australia, en esa época colonia penal inglesa.

Portales había advertido muy temprano el peligro que el plan de Santa Cruz representaba para la estabilidad política de Chile y de América del Sur [Véase documento N° 13, página 96]. Pero enfrentaba una fuerte oposición interna, lo que le impedía poner en práctica su propósito de desbaratar por la fuerza a la Confederación. El fracasado intento de Freiré le proporcionó la ocasión de hacerlo.

Sin embargo, hacia aquella época la situación económica chilena era precaria, con una dotación de soldados y oficiales de ejército insuficiente para enfrentar un conflicto bélico. Lo mismo ocurría con la marina de guerra, reducida solo a dos navios, el Aquiles y el Colocólo.

El Congreso Nacional apoyó la petición de Portales, de incrementar las fuerzas militares y navales, y le garantizó que aprobaría la declaración de guerra a los confederados de Santa Cruz si así lo ameritaban los hechos.

En una sorpresiva operación naval, en agosto de 1836 una expedición al mando del coronel chileno Victorino Garrido logró capturar tres navíos de guerra peruanos que se hallaban en Callao, exigiendo que ese país reconociera sus deudas y alejara las sombras de dudas sobre el mantenimiento de la paz en la región. Sorprendido, Santa Cruz trató de ganar tiempo, proponiendo mantener el status quo hasta la firma de un tratado definitivo entre ambas partes.

La maniobra del mariscal fue descubierta por Portales, quien tomó las medidas necesarias para garantizar la integridad, paz y progreso interior de Chile. Para ello, envió a Perú -con el rango de ministro plenipotenciario- a Mariano Egaña. quien debía exigir la inmediata disolución de la Confederación, el reconocimiento de la deuda peruana con Chile, el pago de una indemnización por la fracasada intentona de Freiré, la limitación del poderío militar y naval peruano, y un trato justo en materias de comercio y cabotaje.

Ante la inmediata negativa de Santa Cruz, no quedó a Egaña otro camino que declarar la guerra en noviembre de 1836. Esta fue aprobada por el Congreso el 21 cié diciembre, a pesar de que Chile no estaba preparado -militar ni económicamente- y no contaba con el respaldo internacional, que sí había sabido ganar el autodenominado Gran Protector.

El desconcierto y oposición internas existentes en Chile originaron una gran división en el ejército. Un motín, encabezado por el coronel José Antonio Vidaurre apresó a Portales cuando este efectuaba una visita inspectiva a las unidades militares acantonadas en Quillota. Se decidió que el ministro fuese conducido a Valparaíso, con la esperanza de que las fuerzas armadas del puerto apoyaran la sublevación. Sin embargo, el regimiento Valdivia se mantuvo fiel al gobierno y atacó a los rebeldes. Al escuchar los disparos, el capitán Santiago Florín, a cargo de la custodia del ministro, ordenó bajarlo del birlocho o carruaje de cuatro ruedas en el que se hallaba y mandó a sus subalternos que lo acribillasen a balazos. El brutal acto ocurrió en el cerro Barón, el 6 de junio de 1837.

El asesinato causó repudio y remeció la conciencia de la ciudadanía, que se aglutinó en torno al gobierno, dispuesta a vengar la afrenta atribuida a secuaces de Santa Cruz. Así se despertó un fuerte sentimiento de nacionalidad y patriotismo. El polémico y enérgico ministro, que en vida había dividido las opiniones públicas, ahora, muerto, las unía férreamente en torno al sentido patrio.

El gobierno reaccionó de inmediato y ordenó la salida hacia Perú (6 enero de 1839), donde sobresalió el heroísmo del subteniente Juan Colipí, de origen mapuche, que permitió sostener la posición y detener a las fuerzas de Santa Cruz en momentos angustiantes para el ejército chileno. El 12 del mismo mes, la Escuadra Nacional derrotó a la peruana en el combate de Casma.

Días después, Bulnes entró de nuevo en acción contra las fuerzas confederadas, esta vez en las cercanías de Yungay (20 de enero), donde infligió la derrota final a Santa Cruz y donde emergió la figura del roto chileno como el gran triunfador de la guerra. De esta forma, se rompió la hegemonía heroica de la clase dirigente y de la aristocracia militar, que hasta ese momento había acaparado laureles y héroes. En Yungay, con la gloria del triunfo, la base de nuestra nacionalidad mestizo-mapuche se elevaba a la categoría de héroes populares, con mujeres como la sargento Candelaria Pérez y centenares de rotos.

El compositor José Zapiola puso música al poema de Ramón Rengifo que cantaba a la victoria ´... que el pueblo chileno obtuvo en Yungay...´, uno de los himnos militares más tradicionales de nuestro país.

De esta forma se cerró un capítulo doloroso en la historia nacional, en el cual perdió a uno de sus más notables ciudadanos y servidores públicos -Diego Portales Palazuelos- y vio tronchada la vida de numerosos soldados. La Confederación se disolvió y Santa Cruz huyó a Guayaquil. Intentó regresar a Solivia, pero a su paso por Arica fue reconocido y apresado (1843). Desde allí se le trasladó a Chillan y luego de permanecer en cautiverio, por acuerdo de los tres países se le envió a Francia en 1845.


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