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Historia de Chile: La Guerra del Pacífico.

Características de la sociedad

        
Durante gran parte de la primera mitad del siglo XIX la sociedad chilena conservo la estructura jerarquizada heredada de la época colonial.

La aristocracia criolla, grupo conformado en su mayoría por los descendientes de los conquistadores, y al que se habían incorporado por la vía del matrimonio los altos funcionarios llegados desde España, controlaba el quehacer económico y político del país.

Basaba su riqueza en la propiedad de la tierra -que muchos preferían dar en arriendo- y en las actividades comerciales que comenzaban a incrementarse, en especial en el puerto de Valparaíso. También incursionó en la actividad minera. Era en esencial urbana, aunque durante los meses de verano pasaba en sus haciendas, administradas por hermanos o parientes cercanos, a las que se dirigían con su grupo familiar y algunos invitados. Solo en esa época los hijos conocían las actividades agrícolas y aprendían la forma de tratar a los inquilinos, peones o gañanes; estos dos últimos desempeñaban sus tareas en forma estacional.

En la ciudad vivían en grandes y lujosas casonas, donde podían albergar con comodidad a la numerosa familia nuclear, allegados y una servidumbre doméstica conformada por más de una decena de personas, pues cada hijo solía tener su propia nana.

Sus fortunas se habían incrementado gracias tanto a las provechosas exportaciones del trigo chileno como a las ganancias e inversiones que permitían la bonanza minera, industrial y comercial del Norte Chico y de la zona Central.

Este poder económico se reflejó en un mayor refinamiento social, en especial del grupo dirigente. Se introdujeron nuevos usos y costumbres, imitando el modo de vida de los extranjeros residentes en el país. Otro modelo lo tenían en sus frecuentes viajes a Europa, en especial a París. Los jóvenes volvían ´afrancesados´, o refinados en extremo, conducta que se transformó en moda. Tal realidad la describió Alberto Blest Gana en su novela Martín Rívas.

´Señora y sirvienta de vuelto de misa´, de Alphonse Giast (sin fecha). Acuarela que muestra el contraste entre la omita blanca y su sirvienta mulata.

También accedieron a ese grupo social aquellos ciudadanos que habían tenido éxito en los negocios. Eso les hizo ser aceptados en las esferas más refinadas e influyentes, a través de matrimonios de mutua conveniencia.

La aristocracia era un grupo de gran influencia en la toma de decisiones y en la marcha de la sociedad en general, claro en sus pretensiones de poder y celoso defensor de sus privilegios. Característica importante era su enorme interés por las cuestiones de tipo nobiliario, a pesar del modesto origen de la gran mayoría de los primeros españoles llegados en la etapa de conquista y colonización del territorio. Esto, unido al poder económico que detentaba sin contrapeso alguno, le otorgó un carácter conservador, más acentuado aún por su acendrado catolicismo.

Dichas posiciones conservadoras se fueron alterando en forma lenta a lo largo de los decenios, pues nuevas ideas, que los jóvenes aristócratas importaban desde Europa, comenzaron a divulgarse y a encontrar seguidores. Así, el liberalismo empezó a penetrar al grupo dirigente y a mediados de siglo provocó las primeras disensiones en su interior, constituyéndose en el germen de una mayor apertura del espectro social y político de Chile.

Por su parte, las capas medias conformaban un estrato heterogéneo, surgido como resultado del desarrollo económico y mercantil de la época. Eran, por lo general, propietarios de pequeños negocios; otros, aprovechando la subdivisión de las tierras, se habían convertido en dueños de minifundos de pocas hectáreas. A ella pertenecían también los empleados públicos, los dependientes de las casas comerciales, los oficiales de bajo rango del ejército, los profesionales extranjeros, en especial los ingenieros, los profesionales egresados del Instituto Nacional y los artesanos. Anhelaban imitar el modo de vida de la aristocracia, quienes los consideraban como ´gente de medio pelo´ o ´siúticos´, y desdeñaban al bajo pueblo, a los que trataban despectivamente de ´rotos´.

El bajo pueblo, es decir los trabajadores asalariados, tanto en las urbes como en los campos, estaban sometidos a la pobreza por las bajas remuneraciones que recibían y a la subocupación crónica, lo que a muchos los llevaba a la delincuencia, al alcoholismo al vagabundaje. Solo a fines de la primera mitad del siglo la situación varió en algo para algunos de ellos, gracias a las faenas mineras y la construcción de ferrocarriles y otras obras públicas.

Tanto estos obreros como los artesanos fueron incorporándose a las sociedades de ayuda mutua que en 1826 creara Fermín Vivaceta, hijo de una lavandera viuda que de simple carpintero se transformó, como autodidacta, en constructor y arquitecto.

Al bajo pueblo pertenecía todo el abanico de grupos étnicos y sus mezclas que habían configurado la sociedad colonial tanto en América como en Chile. Los antiguos indios amigos de la Colonia se instalaron en las ciudades, habitando rancherías y dedicándose a tareas que, por su índole, eran catalogadas como indignas de seres humanos.

En tanto, los que continuaban al sur del Biobío todavía gozaban de sus tierras ancestrales. Solo el proceso de colonización les hizo perder gran parte de aquel territorio.

Del mundo indígena, los mapuche eran el grupo más numeroso y, por lo tanto, el de mayor trascendencia en la sociedad chilena. Conservaban sus costumbres, leyendas, comidas y lenguaje, a pesar de la acción sostenida por el Estado chileno para integrarlos a la sociedad a través de una legislación y política oficial de asentamiento y reducciones indígenas, que no siempre respetó su cultura e integridad como grupo étnico diferente.


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