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Historia de Chile: La Guerra del Pacífico.

El sistema educacional

        
El sistema educacional se enfrentó de pronto a una carencia de profesores, lo que motivó al presidente Manuel Montt a crear, en 1842, la Escuela Normal de Preceptores, bajo la dirección del argentino Domingo Faustino Sarmiento (tarea que se completó diez años más tarde al crearse la Escuela Normal de Mujeres). En 1849 se fundó la Escuela de Artes y Oficios, de carácter eminentemente técnico, base de la Universidad Técnica del Estado, actual Universidad de Santiago de Chile.

Con el apoyo recibido, la educación fiscal pudo abrir diez grandes liceos entre La Serena y Valdivia. En 1861 ya había 63 colegios particulares en el país.

La compleja realidad política vivida en otros países de América Latina trajo inesperados beneficios para la educación chilena, pues un gran número de inmigrantes llegó a Chile atraído por la estabilidad y paz interior del país. Al igual que los europeos, sus motivaciones principales estuvieron marcadas por el romanticismo y el liberalismo en boga. Argentinos, uruguayos, cubanos, venezolanos, colombianos, bolivianos y peruanos, entre otros, se avecindaron en Santiago y Valparaíso. La mayoría se dedicó a promover el oficio de las letras, participando en periódicos y revistas creados por los jóvenes intelectuales chilenos de la Generación del 42. Otros fueron contratados por el gobierno. Entre estos últimos destacaron los argentinos Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre y Juan Bautista Alberdi.

Sarmiento asesoró al gobierno en materias educacionales y fue nombrado miembro de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile. Mitre sobresalió por su cultivo de la historia. Alberdi poeta, escritor, jurista y pensador político-, inspirado por el romanticismo, sostuvo una ardiente polémica con Sarmiento en sus famosas Cartas quillotanas.

Por su calidez intelectual, Alberdi dejó una profunda huella en sus discípulos y admiradores.

La educación no escapaba a las luchas políticas de la época. La incorporación de las ciencias naturales en los liceos contrariaba las creencias religiosas predominantes, ya que, por ejemplo, la enseñanza de las teorías del naturalista inglés Carlos Darwin difería con las que, sobre el origen del hombre, ofrecía la Iglesia, basándose para ello en una lectura textual del libro del Génesis, en el Antiguo Testamento.

Las diferencias entre ambas posturas llevaron al conservador ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública de la época, Abdón Ci-fuentes, a exonerar al liberal rector del Instituto Nacional, Diego Barros Arana.

Pero el asunto no llegó hasta ahí. En 1872 el ministro Cifuentes dictó un decreto por el cual se facilitaba el funcionamiento de los colegios particulares, que en su mayoría pertenecían a la Iglesia católica. Se les autorizó a tomar sus propios exámenes, a preparar sus programas y a otorgar certificados de estudios válidos ante la universidad. Esta disposición produjo la inmediata desorganización del sistema educacional, surgiendo duras críticas en diversos círculos, lo que llevó a la derogación de dicho decreto y a que el ministro presentara su renuncia.

La enseñanza primaria se difundió. A fines del siglo XIX se impartía a alrededor de 170 mil alumnos, repartidos entre colegios particulares y escuelas fiscales. En 1865, se había fundado la Sociedad de Instrucción Primaria, donde participaron, entre otros, Diego Barros Arana y Claudio Matte, autor del Silabario con el cual aprendieron a leer y escribir cientos de generaciones y que se mantiene vigente hasta hoy.

Lo mismo ocurría con la enseñanza universitaria. A la labor que desarrollaba la Universidad de Chile se sumó la Universidad Católica (1888) y el Instituto Pedagógico (1889), donde se preparaba a los profesores que ejercerían en los liceos. En Valparaíso, los Padres Franceses inauguraron un curso de leyes, que con el tiempo se constituyó en la base de la Universidad Católica de esa ciudad.

Un importante paso se dio en 1877, al otorgarse a las mujeres el derecho a proseguir estudios superiores. Esta medida, impulsada por el ministro Miguel Luis Amunátegui, permitió que algunos años más tarde recibiesen el título de médico cirujano las doctoras Eloísa Díaz y Ernestina Pérez, las primeras facultativas en Chile y en Hispanoamérica.


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