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Historia de Chile: La Guerra del Pacífico.

Intelectuales, científicos y artistas

        
Fue Andrés Bello López quien permitió todos los logros reseñados. Durante tres décadas, el intelectual venezolano entregó a Chile -calificado por él como su segunda patria- sus mejores esfuerzos, su sabiduría y sus obras, que abarcaron los ámbitos de la literatura, gramática, derecho, ciencias políticas, historia, retórica, lógica, economía y poesía, entre otros.

Sus escritos no le impidieron cumplir otras labores, como las de parlamentario, asesor, consejero del gobierno y periodista. Desde las páginas de El Araucano entregaba lecciones sobre el quehacer nacional. Su Código Civil vertebró la ciencia del derecho en Chile. Este, además, sirvió de modelo a otras naciones que esperaban alcanzar el progreso y desarrollo cultural que Chile exhibía en América.

Otro apoyo lo constituyó la llegada de científicos y educadores extranjeros, contratados por el gobierno. Entre ellos estuvieron el naturalista francés Claudio Gay, los médicos Guillermo Blest (inglés) y Lorenzo Sazié (francés), los naturalistas Rodulfo A. Philippi (alemán) e Ignacio Domeyko (polaco), y el geólogo francés Armando Pissis. En las matemáticas destacó el español Antonio de Gorbea.

El astrónomo alemán Carlos Moesta creó el primer observatorio de Sudamérica, mientras que el economista francés Juan Gustavo Courcelle Seneuil difundió los principios del liberalismo. Otros intelectuales que desde Chile influyeron en América fueron: Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Vicente Fidel López, Bartolomé Mitre, Esteban Echevarría, Juan María Gutiérrez, Simón Rodríguez, Gabriel Rene Moreno y Juan García del Río.

Chile se convirtió en refugio para muchos jóvenes que -empapados por el romanticismo liberal europeo- tuvieron que exiliarse de sus patrias y dar curso a su capacidad creativa en este país de adopción. Esto redundó en un renacer de la cultura nacional. Escuelas, academias, clubes y sociedades surgieron en Santiago, Valparaíso ya primer puerto del Pacífico, La Serena y Concepción.

Paralelamente, el periodismo nacional experimentó una época dorada, que se tradujo en la publicación de revistas literarias o políticas. Destacaron, en ese estilo, el Semanario de Santiago, la Revista de Valparaíso, el Museo de Ambas Amé-ricas, El Crepúsculo, El Mosaico, El Museo, la Revista del Pacífico, la Revista de Santiago, la Revista Católica y los ya mencionados Anales de la Universidad de Chile.

A esta labor, iniciada en 1827 por el Mercurio de Valparaíso, se sumaron varios periódicos publicados por diversos sectores políticos e instituciones de orden intelectual, filosófico o religioso. Muchos de ellos tenían escaso tiraje o circularon durante poco tiempo, pues se creaban solo para polemizar sobre ciertos aspectos políticos o sociales.

En este período de la historia cultural del país surgieron escritores como José Victorino Lastarria, Francisco Bilbao, Santiago Arcos, Eusebio Lillo, los hermanos Alberto, Joaquín y Guillermo Blest Gana, e historiadores como Diego Barros Arana, y Benjamín Vicuña Mackenna. Al mismo nivel se ubicaron Domingo Santa María, Isidora Errázuriz, Justo y Domingo Arteaga Alemparte, Eduardo de la Barra, Pedro Lira, José Joaquín Vallejos, Salvador Sanfuentes, Daniel Barros Grez, Ángel Custodio Gallo, Guillermo Matta Goyenechea y Miguel Luis Amunátegui, entre otros.

Todos ellos enriquecieron la literatura, la historia, el derecho, las ciencias políticas y las bellas artes de mediados del siglo XIX. Era el tiempo del ocaso de la república conservadora o pelucona. que daba paso al liberalismo. Este se abría camino luego de largos años de luchas ideológico-doctrinarias que fueron dividiendo cada vez más al grupo dirigente de la sociedad nacional, lo que dio vida a nuevos partidos políticos y grupos sociales.

En forma sistemática, los gobiernos conservadores encargaron a los intelectuales extranjeros contratados la preparación de diversas obras científicas e históricas sobre nuestro país. Entre los valiosos resultados obtenidos destaca la Historia Física y Política de. Chile, escrita por Claudio Gay luego de más de una década de intenso trabajo de investigación en terreno. Este trabajo se publicó en París y estuvo acompañado de un magnífico Adas, transformándose en la enciclopedia más importante acerca de Chile. Trabajó en conjunto con el pintor Mauricio Rugen-das, cuya obra retrató con precisión costumbres, vestuarios y utensilios propios del país, así como su paisaje.

Por la misma época, el alemán Rodulfo A. Philippi recorrió y describió con detalle las interminables llanuras, cordilleras y salares del desierto de Atacama; el geólogo galo Amadeo Pissis, luego de recorrer el territorio nacional, escribió la primera Geografía Física de la República de Chile, e Ignacio Domeyko estudió la mineralogía del norte, y en Arauco registró las costumbres y vivencias del pueblo mapuche.

Asimismo, se crearon y surgieron instituciones de estudio y cultivo de las bellas artes, la ciencia, la historia y las letras. Philippi se encargó de la dirección del Museo Nacional, donde se inició el acopio de valiosas colecciones de flora, fauna, geología, mineralogía y arqueología nacional, base de las que posee el actual Museo Nacional de Historia Natural.

En el plano del arte, fueron creadas la Academia de Pintura, el Conservatorio Nacional de Música, la Escuela de Escultura y la Escuela de Arquitectura, mientras que las letras se vieron fortalecidas con la fundación del Círculo de Amigos de las Letras, la Sociedad Literaria [Véase documento 8, página 91] y la Sociedad de Amigos de la Ilustración.

Entre los extranjeros llegados a Chile durante el mandato de Bulnes se contó el pintor napolitano Alejandro Cicarelli, contratado especialmente por el gobierno para asumir la dirección de la Academia de Pintura, inaugurada el 17 de marzo de 1849, base de la futura Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile.

Cicarelli desarrolló un intenso trabajo, que se prolongó por veinte años. La formación que entregaba la Academia se inspiró en el modelo de la Academia de Bellas Artes de París, predominando el estilo clasicista. Allí, junto a los ramos de formación pictórica propiamente tales, se impartían asignaturas que complementaban la educación de los jóvenes, tales como filosofía, historia y mitología. Algunos de sus egresados fueron Miguel Antonio Smith, Pascual Ortega, Pedro Lira, Onofre Jarpa y Nicanor Plaza.

La labor de la Academia se centró, con cierta rigidez, en la formación de jóvenes pintores que recogieran las imágenes del momento histórico. De esta forma se rompió con los viejos esquemas de la pintura colonial, alejándola de los temas religiosos y priorizando en su temática el retrato de los más destacados representantes del grupo dirigente de la sociedad. Políticos, jefes militares y jerarcas de la Iglesia, entre otros, posaron para la historia. Continuó, de esta forma, la línea pictórica que inició en la época de la independencia el mulato pintor peruano José Gil de Castro.

Otro destacado extranjero fue el pintor francés Raimundo Augusto Quinsac Monvoisin, quien llegó a Chile en el año 1843 y es, para muchos, el más fiel representante de la pintura romántica en Chile. Su pincel retrató a las prominentes figuras cié la sociedad chilena y en especial a las damas de la aristocracia, aunque también pintó sobre temas de la mitología (Ninfas) y la historia (Caupolicán prisionero de los españoles). Entre sus discípulos se cuentan José Manuel Borgoño, José Gandarillas, Gregorio Mira y Francisco Mandiola. Regresó a Francia en 1857, dejando un importante legado artístico.

Relevante en la pintura nacional fue también el artista alemán Juan Mauricio Rugendas, uno de los más destacados representantes del romanticismo europeo de la primera mitad del siglo XIX. Fue uncí de los más fructíferos observadores de las costumbres, escenas y personajes populares del país. Con asombrosa nitidez capturó la gracia de nuestros hombres de campo, de sus animales, de sus tiestas, de los trabajos y del paisaje. Su Batalla de Maipú, El Huaso y la Lavandera y Paseo a los baños de Colina son quizá sus más logradas obras pictóricas sobre Chile. Como fiel representante del romanticismo europeo, Rugendas se enamoró con pasión de la agraciada Carmen Amagada, dama de la sociedad talquina, la que capturó su corazón y su pincel. Al no poder unir su destino al de ella, decidió abandonar Chile en 1842. Herencia de su amor lo constituyen cartas y varios dibujos a lápiz y óleos, que reflejan los sutiles rasgos y el encanto de su amada.




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